La Papeleta

la fotoPara Nuria Ibáñez

Tenía la mirada en el infinito y una copa de vino en la mano. Apenas un esbozo de sonrisa la convertía en el vivo retrato de la satisfacción. Después de días de cacería, lo había conseguido. El mundo no se había enterado de su hazaña, que solo había compartido discretamente con algunos amigos, pero eso la traía al fresco. No era una mujer de redes sociales necesitada de likes, ni una hipster de moda, ni una amante de los trending topics. Todo eso podría estar muy bien pero la realidad iba por otro lado y ella lo sabía. Su objetivo estaba cumplido.

Atrás quedaba una semana de locos que comenzó cuando su vecina, también española, la había comentado casi de refilón que ya había recibido la papeleta. “¿Y la mía?”, se preguntó ella.

Ahí comenzó la vorágine. La búsqueda de su voto para las elecciones autonómicas del pasado mes de mayo en España pasó de mera gestión burocrática a una cruzada obsesiva. Si alguien la hubiera preguntado esos días su profesión seguramente no hubiera dicho, cineasta, sino “buscadora de votos perdidos”, un empleo a tiempo completo, no remunerado y con gastos a fondo perdido, como esta llamada a la junta electoral provincial de Madrid, cuyo número solo consiguió después de un encendido cruce de correos electrónicos con el consulado español en México y varias llamadas a números inexistentes.

– Junta electoral provincial ¿dígame? –escuchó al otro lado de la línea.

¡Bien!, esta vez lo había logrado.

– Hola buenas tardes. Soy una española que vive en México. Intentaron entregarme mi papeleta para votar dos veces pero el cartero no me agarró en casa y como no dejó aviso… pues nada, no me enteré… hasta ahora que, después de llamar a la oficina de correos que me corresponde y hablar con el cartero y con el jefe de carteros, me han dicho que la papeleta había sido devuelta a España. Entonces querría saber si tienen ahí mi papeleta, por favor.

– …

A más de 9.000 km de distancia de la Roma Norte, la colonia defeña desde donde salía la llamada, hubo unos segundos de silencio que parecieron interminables.

¿Qué? _el oscilante circulito de Skype en la pantalla de su computadora se iluminó con el monosílabo de la voz femenina.

Después de una década de vivir en México y más acostumbrada a los modales latinoamericanos que a la sequedad ibérica, tomó aire, respiró profundo, intentó relajarse y repitió de nuevo todo su discurso con la mayor amabilidad aprendida en estas tierras.

Como le dije, soy una española que vive en México. Intentaron entregarme mi papeleta para votar. Fueron dos veces a mi casa y no estaba pero el cartero no dejó aviso. Y cuando llamé a la oficina de correos que me corresponde, y después de hablar con el cartero, el jefe de carteros y el director de la oficina, me han dicho que la papeleta había sido devuelta a España.

¿Y a mí que me importa eso?

Aquello fue un golpe bajo. La mujer había hecho acopio de paciencia y esa funcionaria no podía tratarla así.

-Mira bonita, yo no me encargo de ese tema. Habla con el consulado.

La llamada había finalizado.

Volver a ponerse en contacto con sus estimadas de la sede diplomática la deprimía profundamente. Solo tenía ganas de llorar. Cuando se embarcó en La Gran Búsqueda ya la habían advertido que sería complicado pero nunca pensó que tanto. Algunos compatriotas, apasionados activistas en las redes, la alentaban a tirar la toalla con el argumento de que era imposible votar desde el extranjero y que la única opción era denunciarlo y quejarse. La mujer, recién estrenada su década de los 40, no se resignaba.

Las señoritas Mari Carmen y Alicia se habían convertido en las interlocutoras de un diálogo de besugos vía correo electrónico que había comenzado mucho antes, cuando la mujer inició el proceso de petición de voto: que mande usted un fax con la documentación; que cómo que por fax si eso “como ustedes saben, ya está fuera de circulación”; que no hay otra vía; que pedir enviar algo por fax demostraba la “obsolescencia” de la administración española y que, además, el número de fax me dice que no existe; que cómo va a ser eso; que si me puede dar un correo electrónico; que no, lo siento, que solo un fax, o que, si no, que llame por teléfono; que ese teléfono que me dieron también está mal pero ya encontré un lugar para poner un fax y lo puse pero que han pasado muchos días y no sé nada; que no sé que decirla; que quiero poder ejercer mi derecho al voto; que lo siento mucho pero no puedo hacer nada…

Repetir la escena le ponía los pelos de punta. Ahora había que explicar que aunque en Correos de México le habían dicho que habían devuelto la papeleta a España, en España no sabían nada y la volvieron a remitir al consulado.

“Le comenté al canciller, pero me dice que no puede hacer nada por ti”, zanjaba una de las líneas del último mensaje de la señorita Alicia para quien ver mensajes nuevos de “la de la papeleta” en su bandeja de entrada se había convertido en un dolor de cabeza.

Sin embargo, entre tantos correos electrónicos cruzados hubo pistas útiles. 1) Había logrado confirmar que el consulado no devuelve ninguna papeleta a España -solo envía los votos ya emitidos-. Y 2) había un nuevo escenario en juego: un apartado de correos propiedad de la embajada de España en México, sito en la oficina de correos de Prado Norte.

La cuenta atrás había comenzado. Apenas quedaban 5 días para las votaciones y la mujer sentía que avanzaba. Solo parecía haber dos posibilidades: o su papeleta estaba en la sede de correos de su zona, en la calle Doctor Vertiz; o en la oficina que correspondía a la embajada, en Prado Norte. Entre una y otra, diez kilómetros de distancia y hasta dos horas de tráfico en hora punta.

La mujer lanzó un órdago a la oficina de correos en la que ya era conocida por la asistente que contestaba el teléfono, el cartero de su calle, el jefe de carteros y el director de la sede, todos tan amables como vacíos de soluciones.

-Buenos días, soy la española de la papeleta. La embajada me confirmó que ustedes TIENEN mi papeleta porque no pueden devolverla a España. Eso es completamente imposible. Lo tengo CONFIRMADÍSIMO, así que, por favor, búsquenla.

La seguridad y autoridad que había en su voz se alió con el servilismo o tal vez ápice de vergüenza de la asistente, una señora que esta vez, sí parecía dispuesta a buscar el dichoso papelito.

-Vuelva a marcar en 10 minutos.

Conocedora de la multitud de eufemismos utilizados por los mexicanos para dar una negativa, repitió la operación con la otra oficina, antes de volver a marcar a la suya.

-Tenemos que revisar más pero contacte mañana a las 8 de la mañana.

Respiró profundo.

El jueves previo a las elecciones, la mujer estaba a las ocho en punto entrando en la oficina de correos de Dr.Vertiz, donde dijo la frase mágica para que todos la ubicaran.

-Soy a la de la papeleta.

Incrédula, cansada e indignada con el mundo, escuchó un “su papeleta no está aquí señorita”, como una voz en off distorsionada que acabó con una frase inesperada. “Está en Prado Norte con este número de lote”. La mano de la señora que acababa de conocer en persona la extendió un papelito.

La mujer no podía creerlo. Si tomaba un taxi, cruzaba la ciudad, llegaba a correos, recogía su voto e iba a la embajada, todavía podía votar.

Ya en Prado Norte, un jovencito le tomó el trozo de papel con el número y se adentró en el almacén. Cuando regresó, los ojos de la mujer se abrieron como platos, la mirada fija en sus manos. Ahí estaba su tesoro.

-Aquí tiene.

No abrió el sobre y corrió a la calle a parar otro taxi. Una vez acomodada en su interior examinó la preciada correspondencia mientras el conductor la apremiaba para mirar al cielo. Ella se resistía a hacerlo, tenía cosas más importantes en que pensar, pero finalmente estiró el cuello por la ventilla. Del resto de coches, varados en el tráfico salían torsos curiosos volteados también hacia el sol. Arriba, la imagen era espectacular, un efecto óptico similar al arco iris pero sin colores: el sol rodeado de un halo grisáceo. “¿La contaminación o el Apocalipsis ahora que tengo mi papeleta?”, pensó la mujer.

Quizás por eso sitió miedo al llegar al consulado y tener que entregar su voto a unos funcionarios que habían mostrado gran indiferencia, cuando no molestia o desprecio, ante la ansiedad que le provocaba no poder ejercer su derecho al voto en un momento, 2015, en el que España parecía jugarse su futuro. “¿Y si ahora lo pierden?¿Si no llega?”.

El domingo 24 de mayo de 2015, tarde en México, noche en España, la mujer decidió tomarse un vino en su casa de la colonia Roma mientras sus amigos activistas llenaban las redes con muestras de alegría ante la victoria de los candidatos de cambio en las principales ciudades del país. Ninguno de ellos había votado. Ella disfrutaba su tinto, aunque en su comunidad, su opción política no consiguió ganar.

***

Para las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015 se instauró por primera vez la solicitud de voto vía electrónica -“¿quizás fue uno de mis logros?”, se preguntaba la mujer- aunque seguía vigente la del fax y era la aconsejada por muchos, “para más seguridad”.

Según el colectivo Marea Granate, solo el 6,11% del Censo Electoral de Españoles Residentes Ausentes había culminado su proceso de petición de voto, poco más de 115.000 personas de los casi 1,9 millones censados y repartidos por todo el planeta.

Se desconoce todavía a cuantos de esos 115.000 les llegará su papeleta. La mujer, dos semanas antes de las votaciones, ya ha llamado a su cartero. Por si acaso.

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