¡BRAVO GUATEMALA!

  • “Le habían sacado la lengua, tenía vendados con venda ancha o esparadrapo los ojos y tenía hoyos por donde quiera, en las costillas, como que tenía quebrado un brazo. Lo dejaron irreconocible; sólo porque yo conviví muchos años con él y yo le sabía de algunas cicatrices y vi que era él”.
  • “Los niños que asesinó el ejército los enterraron, fueron degollados con torniquete al pescuezo, los arrugaba, los hacía como una bolita, hay niños de tres años. Llegamos a ver, los vimos, tres niños, estaban colgados sin cabeza, estaban sus muñequitas de los niños a la espalda.” 
  • “Un día logré escapar y escondida vi a una mujer, le dieron un balazo y cayó, todos los soldados dejaron su mochila y se la llevaron arrastrada como a un chucho a la orilla del río, la violaron y mataron, también un helicóptero que sobrevolaba bajó y todos hicieron lo mismo con ella”.
  • “Hay mujeres colgadas, pues se va el palo adentro de sus partes y sale el palo en su boca, colgando la tiene así como una culebra”.
  •  “Cuando acampaba el ejército, al retirarse, dejaba algunas libras de sal envenenada; los responsables buscaban la manera de saber si estaba envenenada, lo comía una gallina. En Sumal intentaron envenenar el arroyo para matar a la gente. No sólo con bombas intentaron matar a la gente”.

Testimonios recogidos en el REMHI.

 

Efraín Ríos Montt fue general, presidente del Congreso y ahora, también, es un genocida sentenciado. Lo dice la justicia de su país, Guatemala, un estado centroamericano, acosado por el narcotráfico, con terribles índices de pobreza y violencia, con la mitad de su población marginada por su condición de indígena, pero un país  que ha dado una lección al mundo. Pese a su debilidad institucional, Guatemala ha conseguido sentar en el banquillo a uno de sus mandatarios. El hombre que durante décadas se escudó en la inmunidad que le ofrecían distintos cargos políticos, ahora tiene a sus espaldas 80 años de cárcel, 50 por genocidio y 30 más por crímenes de lesa humanidad. Y da igual si a sus 86 años ya no puede cumplir casi ninguno. Lo importante es la condena ejemplar, que sienta jurisprudencia.

Todavía recuerdo la mirada penetrante de ese hombre menudo y bajito. Sus ojos amenazantes, escudriñando al interlocutor. Corría el año 2001 y Guatemala estaba a punto de celebrar  el quinto aniversario de sus acuerdos de paz cuando me concedió una entrevista que transcurrió en su despacho del Congreso (cámara que entonces presidía). El motivo de la misma le causaba un placer que dejaba entrever en su actitud soberbia, por encima del bien y del mal. Desde el lugar que teóricamente es símbolo de democracia y estado de derecho se reía de la paz firmada, la que dejaba atrás una guerra que muchos calificaron como la más cruel y larga de toda América Latina, la que abrió y cerró la Guerra Fría y sucia de EEUU en su “patio trasero”, cuatro décadas que dejaron más de 200.000 muertos, 40.000 desaparecidos, un millón de desplazados, medio de exiliados y en torno a 45.000 refugiados.  “Permítame que lo que pasó por mi cabeza aquel 29 de diciembre de 1996 me lo reserve solo para mí”, decía entonces.

 El general reconvertido en político de conveniencia sabía que le preguntaría sobre las masacres -“no sé de qué me habla”- de los procesos que comenzaban entonces contra él –“no tengo miedo a la justicia”- pero controlaba la situación de forma  inteligente y perversa, afirmando sin decirlo, negando sin negar. Por aquel entonces, hacía 20 años que había sido la persona más poderosa de  Guatemala.  

Ríos Montt gobernó el país de marzo de 1982 a agosto de 1983. No fue mucho tiempo pero ese poco más de un año (y el periodo de su predecesor , el general Romeo Lucas García, de 1978 a 1982) fue lo peor de lo peor de cuatro décadas de guerra. Entonces se puso en marcha la política de “tierra arrasada”, 440 aldeas fueron borradas del mapa y 150.000 civiles asesinados o desaparecidos. La justicia ahora condena al ex general por 1771 víctimas.

 

Durante su gobierno también fue cuando se institucionalizaron las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC), un ejército de 900.000 civiles, que se convirtieron en ojos y oídos de las fuerzas armadas y, en muchos casos, en brazos ejecutores de sus políticas más crueles aunque la mayoría de patrulleros eran  reclutados a la fuerza. “Y ese oficial nos decía que si no los matábamos nosotros, a todos nos iban a matar. Y así sucedió que tuvimos que hacerlo, no lo niego que sí tuvimos que hacerlo porque nos tenían amenazados”, aseguró un miembro de las PAC al informe “Nunca más” elaborado por la Iglesia, el REMHI http://www.odhag.org.gt/html/Default.htm .  .

 Hoy no hay mayor deshonor para Ríos Montt que el hecho de que la justicia que le sirvió de cómplice durante décadas, le condene a él, a todo un ‘patriota’ que quería hacer de Guatemala un país con una sola identidad pese a las 21 etnias distintas que conviven en su territorio y constituyen más de la mitad de la población.  Tal vez por eso, su primera reacción fue tachar todo el juicio de un “show político internacional”. Pero le guste o no, su condena es un logro de Guatemala, de esa Guatemala que lleva intentando resurgir desde 1996, cuando se firmó la paz, de esa Guatemala en la que muchos guatemaltecos todavía no creen, como la propia jueza que no podía ocultar las lágrimas al ver la emoción de la sala tras la condena, de esa Guatemala que ha demostrado al mundo que supo hacer lo que muchos países que se creen mejores ni siquiera sueñan.  

Los muertos no van a revivir, recordaban hoy los supervivientes de las atrocidades, pero todos, incluido el obispo Gerardi  (asesinado en 1998, dos días después de la presentación del informe “Nunca más”) ahora podrán descansar un poco más en paz.

 

 

 

 

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