Día de visita en la cárcel de Tepepan

   Se acaba el día de visita en la cárcel de Tepepan. Los ojos de la mujer brillan, sobre todo al despedirse, cuando el vínculo con el visitante se ha estrechado. El pelo, rubio cobrizo, flota largo y rizado hasta la altura de las caderas. “Decidí no cortármelo mientras estuviera aquí, para darme cuenta de que el tiempo pasa”.  Ahí, en la despedida,  Florence Cassez, la presa extranjera más famosa de México y puede que también una de las más envidiadas, ya no parece la mujer hiperactiva que se emociona, se indigna, se altera al contar su historia mientras ofrece café o te a su visita como buena anfitriona,  sino la presa que, tras el breve contacto con el mundo exterior, se siente de nuevo encerrada y abraza a quien ha compartido con ella unas horas como si quisiera retener algo de su libertad.

Uno no sabe que hará a continuación. Cuenta poco de cómo pasa el día. Teje, pinta, antes hacía colgantes que luego vendía. Sobre todo,  habla por teléfono, todo lo que la permiten sus tarjetas prepago, con su familia, con sus amigos, con sus abogados, con quien se interese por su caso.  La cabina telefónica, en la sala de usos múltiples de la prisión, la mantiene activa, ocupada,  hasta bromea que necesitaría un asistente. Quizás, tras la visita nueva,  se sienta en su cama y apunta minuciosamente en su agenda de varios dedos de grosor, el nombre de quien acaba de conocer y todos los detalles que recuerde de esa persona, años, teléfono, impresiones. Tal vez luego, si le ha caído bien y ha averiguado su fecha de cumpleaños, le llame ese día para felicitarle e impresionar con un poco de humanidad desde la cárcel. “Me gusta hacerlo, sorprende muchísimo y a mí no me lo pueden hacer”.

Algunos la han tachado de presa privilegiada.  No comparte camastro y posiblemente recibe más visitas, ropa, comida y tarjetas telefónicas que muchas otras mujeres que, a veces, no tienen ni un familiar que se interese por ellas.  Hasta ahí sus privilegios declarados. Es la única europea de las poco más de 300 reclusas que hay en la cárcel de Tepepan, la única a la que el presidente de su país está dispuesta a ayudar, posiblemente de las pocas por las que se interesa la prensa (aunque eso no siempre es bueno porque su proceso “mediático” parece tener más fuerza que su “proceso jurídico” y ambos “no encajan”, se queja), y la mujer que personifica el conflicto entre la sociedad y el poder, entre una joven extranjera y un ministro del Gobierno de Felipe Calderón, el secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, el político ansioso de éxitos contra el crimen al que osó desafiar en plena televisión , al que hizo reconocer en directo que su detención había sido un montaje organizado para la prensa. Su peor pesadilla desde entonces.

Estaría loca si no tuviera miedo. Todos sabemos que tienen el poder para hacerme cualquier cosa. Estoy en sus manos. Pero rehuso a vivir con ese miedo, seguiré con la frente alta hasta el final y aunque después de seis años encerrada, no te acostumbras, sí aprendes a controlar tu estress”.  Sin embargo, la aterran eventuales ‘traslados’, como los dos que la llevaron de Tepepan a Santa Martha Acatitla, una prisión de máxima seguridad, mucho más dura, en represalia por hablar en directo con la TV. “Esto es un infierno pequeño, de 300 personas  y a las que casi todas conoces. Santa Martha es un infierno de 2000 presas”.

Su cara cambia al recordar su última visita a ese reclusorio. “El miedo se apoderó de mi cuando me dijeron que me iba y que no recogiera nada porque donde iba no lo iba a necesitar, pensé que me iban a matar, estaba aterrada”.  El argumento oficial era un traslado por motivos de seguridad porque había peligro de que se suicidara. Ella lo niega tajantemente. “Nunca estuve en esa situación”. Tres días después la mandaron de vuelta a Tepepan. Se había multiplicado la seguridad en su dormitorio, una gran sala con cinco baños y cinco duchas  en la que conviven 70 mujeres distribuidas en pequeños habitáculos de 2 a 4 presas cada uno (ella es la única que está sola)  resguardados por una cortina. Pusieron  custodias las 24 horas del día y cámaras para controlar todo movimiento. “Fue un momento feo, todas decían que era por mi culpa”. Pero también reconoce que a partir de entonces se siente más segura. “No les conviene que me pase nada pero soy consciente de que para muchos estaría mejor muerta”. Quizás por eso ha aprendido a no descansar, a sueños de solo 4 ó 5 horas en un duermevela que la mantiene alerta por si viene otro ‘castigo’ otro ‘traslado’, lo que más la atemoriza, “no me vaya a resbalar”.

Entre sus peores momentos recuerda las primeras 24 horas tras su detención, sin asistencia consular, con la boca seca, desnudándose cada vez que lo pedían, contestando a preguntas que tras dos noches sin dormir casi ni entendía. “La SIEDO (Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada) es un circo, te dictan las preguntas y te dictan lo que debes contestar. ‘Por qué estás aquí’ y tu dices ‘secuestro’. Yo me negé pero se aprovechan de tu agotamiento total, tu debilidad mental y al final firmas la declaración que te traen solo por un café , por  un cigarro, por lavarte las manos”.

Otro momento crítico fueron sus dos años y medio sin hablar por recomendación de su abogado. “Callarme fue lo peor, lo hice pensando en que iba a salir pero el día en que me sentenciaron a 96 años (luego la sentencia cambió a 60) me hicieron el favor de liberarme la voz”. Desde entonces, “llevo gritando mi inocencia a todo aquel que me quiera escuchar”. “Prefiero equivocarme a quedarme callada pero aprendí a ser paciente, a entender los problemas de los demás, a asimilar que había tiempos políticos”.

Hoy, se siente un poco más optimista. Sabe que se han corregido sentencias de condenados a los que no se le aplicó el debido proceso y cree que la situación actual no es la de antaño. “Claro que las cosas han cambiado, ahora estoy en la Corte Suprema y tengo esperanza”. En parte se la debe al presidente de este tribunal, Juan Silva Meza, que al inaugurar el curso político de la Corte, abogó por una nueva ley de amparo que dé mayores derechos y certezas a los ciudadanos.  “Es nuevo que hablen y defiendan la independencia de la Corte frente al Presidente. Yo sentía que hablaba de mí, que empezaba un nuevo tiempo, máxime cuando después del informe de la Iglesia  los mexicanos –antes reacios a creer en su inocencia- llegaron a abrazarme”.  Ese documento, fruto de 7 meses de trabajo y dirigido por el director de la Comisión Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Mexicana, Pedro Arellano, asegura que Florence Cassez es inocente. Ella comenta que en aquel momento,  sintió algo parecido a cuando saltó a la fama el documental “Presunto Culpable”.  Pero “nada tan fuerte como ahora”. “Ya empieza a caminar el tren”.

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Visité a Florence Cassez en noviembre de 2011. Cuatro meses después, el 21 de marzo de 2012, la Corte Suprema debe votar una propuesta de sentencia de revisión de su juicio de amparo. Si se acepta, será  liberada inmediatamente por violaciones al debido proceso que viciaron toda la investigación, una de las principales, el montaje sobre su captura elaborado por la ya disuelta Agencia Federal de Investigaciones, dirigida por el hoy secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna.

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